En tierras nazaríes

Tarde de lluvia en Granada.

Un respiro de arco iris.

La Alhambra, llena de guiris

ni sombra de la soñada.

La fuente, fotografiada,

que alguien la contemple añora.

Con disfraz de reina mora,

la ciudad amortajada.

Solo encuentras de Granada

el agua oculta que llora.

Avelino Oreiro, “Agua oculta que llora”, Unas cuantas décimas y otros poemas febriles. Septentrión, 2018

 

Contemplar, qué palabra más bella, y qué profundidad conlleva. Recuerdo la tarde de la presentación del poemario; hablaba el poeta de la necesidad de contemplar, de cómo pasamos por las ciudades “viendo cosas”, sin pararnos ante su belleza, ante lo que nos dicen o nos pueden hacer sentir. Avelino Oreiro recupera el verso de Antonio Machado, “Granada, agua oculta que llora”, y le da un sentido nuevo, o al menos eso pensaba yo aquella tarde de verano: el agua que llora esperando que alguien repare en ella y escuche su murmullo, como la fuente [imaginándome el Patio de los Leones] deseando que alguien renuncie a fotografiarla con su cámara para hacerlo con su retina, para que llegue su soberbia estampa a su interior y le remueva por dentro, recordándole la necesidad de elevarse a cotas más altas.

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