Síndrome de abstinencia

Metro de Madrid en pleno agosto. Acabo de llegar del veraneo en las playas gallegas y esta vez solo deseo de Madrid su aeropuerto. Viajé en el bus de noche y estoy agotado, así que aunque tengo tiempo de sobra para pasar por el Prado y disfrutar de La Anunciación de Fra Angélico recién restaurada, prefiero ir directo al aeropuerto y tirarme allí como pueda a dormir algo. Me subo en la L1, los trenes son viejos y no hay megafonía, voy muy atento a las paradas. Llego a Nuevos Ministerios, final de línea. Transbordo a la L8, dirección aeropuerto T1 – T2 – T3. Los trenes de esta línea son mucho más modernos y espaciosos. Pero aún así hace mucho calor y solo pienso en llegar. Como acostumbro, voy de pie, agarrado a la barra vertical, y sujetando la maleta con la mano libre. Así puedo fijarme en los viajeros e imaginar sus vidas.

De repente, en la 2ª parada, veo que se sube un chavalín de unos 12-13 años, hace meses que no se ducha, los vaqueros, ajustados porque hace tiempo que se le quedaron pequeños y no por moda, sucios y rotos, camiseta negra con algo estampado. Lo acompañan dos chicas de su edad, o quizá uno o dos años más. Shorts “a ras”, las pechugas que se les van a escapar de la camiseta. Pienso en mi verano de sol y playa, amigos, juegos, baños reconfortantes y apacibles lecturas. Les miro sentarse como quien hace siglos que no descansa. Los más miserables viven en las grandes capitales, y en agosto solo la miseria se queda en Madrid.

* * *

Calor, sudor y asfalto. El sol quema en la espalda. Caminamos sin rumbo, en busca de un lugar tranquilo y una sombra. No hay nada que hacer en verano en Madrid.

Me largué de casa, no aguanto más en esa ratonera, estoy harto, no pienso volver. Además, sin mi están mejor. Ya me las arreglaré. No le importo a nadie.

Mamá ha vuelto a beber. Desde que se divorció, está con una zorra que le hace ni caso. Dice que “está hasta el coño de los hombres”. Es una borracha. Solo la trae a casa para follar y luego ponerse ciega. Al menos ya no tenemos que soportar los golpes del somier.

Qué puto calor hace. No aguanto en esta maldita ciudad. Quiero ir al Norte. Dicen que es precioso el Norte, que hay montañas y luego… ¡el mar! Nunca he visto el mar, no me lo imagino. Quiero ver el mar. Odio Madrid. Un día de estos echo a andar y que les den. No tengo nada que perder.

Salí a buscar a Ana y María. Ellas me entienden.

No aguanto el puto sol. Nos colamos en el metro.

* * *

Y así vamos. Yo de pie, agarrado a la barra, con la maleta bien sujeta. El trío calavera sentado enfrente. El chico habla, casi sin voz, degradado hasta la abyección:

— ¿Tenéis un porro?

— Aquí no, espera. Tranquilo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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