En tierras nazaríes

Tarde de lluvia en Granada.

Un respiro de arco iris.

La Alhambra, llena de guiris

ni sombra de la soñada.

La fuente, fotografiada,

que alguien la contemple añora.

Con disfraz de reina mora,

la ciudad amortajada.

Solo encuentras de Granada

el agua oculta que llora.

Avelino Oreiro, “Agua oculta que llora”, Unas cuantas décimas y otros poemas febriles. Septentrión, 2018

 

Contemplar, qué palabra más bella, y qué profundidad conlleva. Recuerdo la tarde de la presentación del poemario; hablaba el poeta de la necesidad de contemplar, de cómo pasamos por las ciudades “viendo cosas”, sin pararnos ante su belleza, ante lo que nos dicen o nos pueden hacer sentir. Avelino Oreiro recupera el verso de Antonio Machado, “Granada, agua oculta que llora”, y le da un sentido nuevo, o al menos eso pensaba yo aquella tarde de verano: el agua que llora esperando que alguien repare en ella y escuche su murmullo, como la fuente [imaginándome el Patio de los Leones] deseando que alguien renuncie a fotografiarla con su cámara para hacerlo con su retina, para que llegue su soberbia estampa a su interior y le remueva por dentro, recordándole la necesidad de elevarse a cotas más altas.

Hace ya casi un mes que estaba en tierras nazaríes. Hoy es una de esas tardes tranquilas y algo melancólicas en que os cuento la que fue para mi una especie de peregrinación artística, un momento de descanso de la rutina para recrearme en mis galerías interiores, por seguir con la referencia machadiana. Cuando estaba preparando el viaje reflexionaba sobre las palabras del poeta y me propuse seriamente no “ver cosas”, sino ponerme a tiro para dejar que excitasen mis reflexiones. Llevaba ya mucho tiempo con él en mente y de algún modo sabía que supondría un impacto íntimo, y con todo aún insistí en plantearlo como una suerte de retiro artístico y literario.

la barracaVaya si me impactó. Llevo grabado a fuego en el corazón la visita a Federico, sin duda uno de los momentos más intensos de mi vida. No puedo describir lo que supuso plantarnos en la huerta de San Vicente, tantas veces vista en fotografías, y pensar que es real, que estamos aquí, en la casa en la que vivió, rió, amó, escribió, creó, Federico García Lorca, poeta de raza. Esa mañana me venían a la mente versos de su Romancero gitano, en concreto recordaba aquellos de: “Mil panderos de cristal, / herían la madrugada”. Fue ante su escritorio, su máquina de hacer versos donde vi con claridad que mi arte sería bello o no sería en absoluto, en unos minutos de una intesidad de alto voltaje, imaginándomelo escribiendo Yerma, Bodas de sangre o Romancero gitano, imaginando lo que vería por la ventana cuando no había todos esos edificios, cuando la ciudad quedaba a 2 kilómetros, todo alrededor árboles verdes, los pajarillos cantando, las huertas en apacible silencio, y al fondo Sierra Nevada

Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar 
y el caballo en la montaña. 
Con la sombra en la cintura 
ella sueña en su baranda, 
verde carne, pelo verde, 
con ojos de fría plata. 
Verde que te quiero verde. 
Bajo la luna gitana, 
las cosas le están mirando 
y ella no puede mirarlas.

Y no es que piense que el arte debe ser bello, pero, ¿no es verdad que nos llega más adentro? Es que quizá hoy lo que nos puede salvar es precisamente la belleza. Eso es lo más atrayente de la obra de Federico, quien supo captar como nadie el espíritu andaluz, plasmar el alma gitana, denunciar injusticias y errores desde lo bello. Sus imágenes, tan plásticas, tan coloristas, impresionan y provocan que el mensaje gane una fuerza incontenible, toda la fuerza de la humanidad hecha poesía. Ellos no lo saben, porque no lo pueden apreciar, pero sostengo para mi que a Federico lo mataron por ser, hasta las últimas consecuencias, poeta.

Cuando algunas personas me decían que “en Granada no hay nada”, yo recordaba el famoso elogio a la ciudad que aquel ciego de la Puerta de la Justicia le arrancó al poeta mexicano Francisco de Asís de Icaza

Dale limosna, mujer,
que no hay en la vida nada
como la pena de ser
ciego en Granada

Es el mayor y más conocido elogio porque encierra, en la sencillez de sus cuatro versos la pena de verse privado de la contemplación. Ser ciego es pasar consumiendo monumentos, uno detrás de otro, sin detenerse en ellos, sin recrearse en los detalles, sí, pero mucho más pasar los días sin captar el sabor especial de cada momento. Porque la función de la belleza en el Arte es precisamente la de ser vehículo para llegar a lo intangible, es enseñarnos a hacer poesía de la prosa de cada día. Creo firmemente que la belleza nos salva del tedio de la rutina. En una sociedad de ciegos no hay nada más subversivo que el amor a la belleza.

Para quien tiene la inmensa fortuna de no ser ciego en Granada cada detalle es oro. La paz de pasear por el Albaycín, las callejuelas estrechas, las casas blancas, la plaza que conserva su sabor añejo, que se resiste a ser colonizada por la hordas de turistas, descubrir de pronto como se abre la calle a una terraza sobre la Alhambra, un rincón para soñar.

Porque si algo hay son miradores. La paz cuando cae la noche en San Miguel alto, la Alhambra iluminada, soberbia reina mora, Granada a nuestros pies, dejar que la conversación fluya ante el espectáculo que se presenta ante nuestros ojos. O esa otra charla, de compañeros de viaje, en la Silla del Moro, contemplando el cambio de color del cielo de una tarde que quiere ser noche, reflejos de naranja, de rosa y de rojo, sobre la Alhambra

¡Qué silenciosos dormís,
torreones de la Alhambra!
Dormís soñando en la muerte,
y la muerte está lejana.
Sale el sol y vuestros muros
tiñe con tintas doradas ;
sale la luna y os besa
con sus rayos de luz blanca,
y vosotros dormís siempre
y la muerte está lejana.
La noche serena os cubre
con su túnica estrellada,
y la noche tenebrosa
os prende en sus negras alas,
y vosotros dormís siempre
y la muerte está lejana. […]

                       Ángel Ganivet

 

La belleza llega a su culmen en la Alhambra. Solo una palabra es capaz de expresar lo que encierran los Palacios Nazaríes: SUBLIME. Los patios, las inscripciones, los relieves con formas geométricas o vegetales, los mocárabes… Sublime, sencillamente. Podría estar horas contemplando el techo de la Sala de Dos Hermanas. Podría perderme en los  mocárabes de la Sala de los Abencerrajes (en la que, según cuenta la leyenda, Muley Hacen asesinó a 36 caballeros y de la fuente de la sala salió el agua tintada de sangre, de la que las manchas no se pudieron limpiar), o en los reflejos de los palacios sobre el agua en el Patio de los Arrayanes. Contemplar, es la palabra mágica. Tuvimos la inmensa suerte de poder disfrutar del Patio de los Leones prácticamente para nosotros solos, todo un regalo. Y qué decir de los jardines alhambreños. Entre los patios y los jardines, y en ambos las fuentes, uno se cree eso de que los sultanes nazaríes pretendían crear en Granada una antesala del cielo. Y aunque no pudimos visitar el Generalife, siempre habrá ocasión para volver a la Alhambra, a sentir.

Y para contemplativos la Cartuja, de la que solo diré que su silencio centenario llena de paz el corazón. Para delirio de los sentidos la iglesia de los Jerónimos. Para regia sobriedad, la Capilla Real. Y para enamorados, miradores. Sí, ¡qué pena la de ser ciego en Granada!

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s