Maurice

Publicada en 1971 tras la muerte de E. M. FORSTER, que no quiso darla a la imprenta en vida por temor al alboroto que podría suscitar, MAURICE se convirtió rápidamente en obra emblemática de una experiencia común a millones de personas. En efecto, la novela, escrita con la sabiduría propia del autor de Pasaje a la India, narra el descubrimiento del amor homosexual de un joven de familia acomodada y su subsiguiente vivencia del mismo. El valor de la novela, sin embargo, no reside sólo en la exploración conmovedora y magistral de un tema tradicionalmente tabú, sino en la decidida y optimista voluntad de Forster de redimirlo de sombras, tormentos y desdichas: “El final felíz era imperativo. Estaba decidido a que por lo menos en una obra de ficción dos hombres se enamorasen y permaneciesen unidos en ese para siempre que la ficción permite; y en este sentido, Maurice y Alec aún vagan por los bosques. La única penalidad que la sociedad les impone es un exilio que alegremente abrazan”

Con este texto se nos presenta en la contraportada de mi edición de Maurice (Literatura – Aliaza Editorial. Madrid, 2003. Trad. José M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez Gómez) una novela singular, muy propia de la época en que fue escrita. La ambientación en la Inglaterra de principios de siglo y sus costumbres, una época en la que todavía era posible desaparecer de la sociedad perdiéndose en los bosques, constituyen un ecosistema perfecto para esta narración magistral. La cotidianidad de la baja aristocracia y la burguesía suburbana; el incipiente socialismo de la working class, apenas perfilado para la ambientación; la vida en Cambridge; la falta de información sobre “el execrable vicio de los griegos”, un tema que es más que tabú, del que no se habla y sobre el que ni se piensa, que casi parece que no existe ya: todo ello nos puede despistar y hacernos pensar que la obra está pasada y que puede tener para nosotros un valor documental. Nada más lejos de la realidad. La novela se ha convertido en un clásico porque trata un tema universal, común a millones de personas. La atracción, los sentimientos, la sensualidad, el amor, son eternos; iguales para los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Forster no la quiso dar a la imprenta en vida, conocía el escándalo que produciría su publicación. Nos habla, en la Nota final, de las dificultades para publicarla precisamente por la decisión inapelable de darle un final feliz. Si el final fuese trágico, con un castigo para los amantes, todo estaría bien: la lujuria, la inmoralidad, quedarían condenadas, sin atentados contra la moral pública, sin corrupción de menores. Pero Forster, obviamente, no escribió su novela para darle la razón a una sociedad intolerante e injusta. Nos lo dice claramente: «El final feliz era imperativo. De otro modo, no me hubiese molestado en escribirla».

Antes de adentrarnos en la novela nos encontramos con una dedicatoria muy singular, llena de realismo en la época, pero con una optimista visión de futuro. Una dedicatoria que encoje el corazón y nos obliga a reflexionar sobre el pasado, a recordar a quienes lucharon porque llegasen Tiempos Mejores:

Maurice es, como la mayor parte de las novelas que en el mundo han sido, una bildungsroman (una novela de aprendizaje), pero como pocas gira en torno a lo que Flaubert creo que nos permitiría llamar “la educación sentimental”. Maurice es británico, comparte con los demás ingleses su “incapacidad para aceptar la naturaleza humana”, en palabras de Lasker Jones, el hipnotizador sana-gays de la novela. Pero este hecho, que para lxs lectorxs contemporánexs puede resultar frustrante o incluso desesperante por momentos, es lo que hace avanzar la obra hasta la apoteosis del amor.

La novela sigue guardando el gran interés que tiene en el mundo gay el problema de la auto-aceptación y el deseo de ser feliz por encima de cualquier norma moral reduccionista, el largo camino que lleva a Maurice hasta el orgullo de ser quien es. La novela está construída como un proceso de descubrimiento: qué es lo que le pasa a nuestro protagonista, qué es eso que le hace sentirse un extraño y a lo que todavía no sabe poner nombre. Y más tarde, cuando aprende a ponerle nombre pero no desea ponérselo, eso supondría aceptar una realidad que choca con sus convicciones más profundas. Hasta que aparece ese chico del que el lector se enamora: Clive. Rubio, achuchable, inteligente, un estudiante crítico, helenista, enamorado de la antigua Grecia… La flor y la nata de Cambridge, vamos. El proceso narrativo nos lleva a momentos de intimidad en la habitación del Trinity College: uno sentado en el sillón, el otro en el suelo, entre sus rodillas, y le acaricia el pelo… un momento de placer y complicidad; y sin embargo, se ocultan el significado de esos momentos… Un trabajo puntillista, plasmando cada sensación desde la óptica de una conciencia que niega sus propios deseos. 

Pero tiene que haber un crack, en el camino que ha comenzado a transitar son ineludibles los momentos de rotura de esquemas, se trata de romper, derruir, deconstruir; para poner nuevos cimientos y volver a construir todo. Ese momento llega de golpe: al salir de una clase de traducción en que el profesor había mandado omitir unas lineas porque “es una referencia al execrable vicio de los griegos”. Clive no se calla y le comenta a Maurice lo que le parece una hipocresía: eso es Grecia, o eso es Atenas, y sin ello no se entiende la educación de los jóvenes atenienses de la antiguedad. Algo en la cabeza de nuestro protagonista se rompe, secretamente se reconoce en esas apetencias griegas, y la cabeza le da vueltas. 

El golpe definitivo viene cuando Clive le encuentra por la calle, con el grupo del equipo de rugbi (deporte en el que destaca mucho nuestro amigo) y al saludarle de dice que le quiere: “Te quiero”, y otra vez, “te quiero”. No lo encaja bien, él también le quiere, pero se siente abrumado y huye, sacando a relucir todos los prejuicios que aún tiene hasta que lo manda al infierno. El sueño de Clive se derruba, la ilusión de encontrar a alguien como él: griego.

Hay dos escenas sublimes en la novela en las que el autor no se deja llevar por la tentación de la grandilocuencia: la sencillez es abrumadora. Uno es Maurice entrando de madrugada en la habitación de su amado, pidiendo perdón por lo sucedido. Se acuesta junto a él, le acaricia y contemplan el amanecer.

Pero no podía ser la persona adecuada quien tenía una idea platónica del amor que excluye lo carnal. Un amor tan puro y profundo, tan idílico, esa su idea de un tipo de relación que considera superior a todas: el amor entre dos hombres. No, claro que no. Clive es solo un personaje necesario para despertar a Maurice, nada más. Pasa de ser el chico ideal a volverse hacia las mujeres y convertirse el mayor cínico del mundo. 

El proceso se ha cerrado. Lo que pasó entre los dos es real, lo que han sentido es auténtico, y esas cenizas atormentan a Maurice, que visto lo sucedido, espera que en algún momento se volverá hacia las mujeres… Todo ello en unos capítulos bien estudiados. 

La ironía está servida cuando es el guardabosques de la mansión de Clive quien invade la vida de Maurice. Un juego magistral de ironías: nuestro amigo, medio sonánbulo, grita un “¡Ven!” a la ventana abierta a la noche y al jardín, y quién sino Alec iba a venir a su alcoba de invitado. Pero la idea de emigrar a la Argentina sobrevuela como nube negra y todo un proceso nada predecible se despliega para unirlos para siempre. Todo es perfecto, nada hace sospechar el final, sabemos que será feliz y que vagan aún por los bosques, eso lo sabemos desde antes de comenzar la novela, pero cómo llegan hasta ahí, es algo que se construye palabra a palabra, cada paso del proceso es una bofetada al lector que se cree listo e intenta deducir el siguiente paso. Un trabajo que solo un escritor de la talla de E. M. Forster puede realizar.  

…ellos al alba, unidos, han consumado su amor y parece que ahora se deben separar, condenados a vivir separados. Es la escena más bella que he leído nunca y al mismo tiempo la más sencilla. Impresionismo narrativo.

Maurice y Alec aún vagan por los bosques, amándose, ajenos a la sociedad a la que una vez pertenecieron. Y lo seguirán haciendo para siempre, en ese para siempre que solo la ficción puede otorgar.

Cuando en los años 60 la distinta situación social parecía propicia, se planteó tímidamente publicarla. La enseñó a unos amigos y le respondieron que era perfecta, pero estaba pasada. Es un error pensar así. Que la sociedad en la que se desarrolla la historia ha desaparecido, que ese mundo ya no exista, significa que la novela se ha convertido en un clásico, pues sacada de su época sigue conmoviendo profundamente al lector, guarda en sí una fuerza capaz de llegar a cualquier lector de cualquier lugar y época, eso es un clásico. 

A su muerte el manuscrito que se tomó para publicar tenía pegada una nota: “Publicable pero, ¿vale la pena?”. Lean la novela y juzguen ustedes mismos. En mi opinión, la respuesta es un sí rotundo: vale la pena. Es una novela magistral, ya lo he dicho varias veces, una obra que rechaza el marbete de: “narrativa LGTBIQ+”. No es eso, es una aportación a la Literatura universal abordando un tema que no había sido tratado en los anales de la República de las Letras. Creo que es eso lo que la convierte en una obra maestra, inseparable de todas las novelas que en el mundo han sido, que bebe de ellas a todos los niveles, se inserta dentro de la tradición literaria, en el eterno diálogo que establecen las obras literarias entre sí. 



Nota para amigos del suspense
Quien crea que le he destripado la novela con esta esta reseña aún no ha entendido que las obras maestras no consisten en los acontecimientos que narran, sino en el modo en cómo se narran. Lean, lean y gocen. ¿Acaso no conocemos todos las escenas de los clásicos, no sabemos todos las aventuras de Mio Cid o de don Quijote, no estamos todos informados de las peripecias de Lázaro de Tormes, no tenemos en la conciencia general la odisea que vivió Ulises?, ¿Y dejamos por ello de disfrutar con su lectura?, no, claro que no, un clásico se basa en la maestría del narrar, en la construcción laboriosa de cada escena.
 

 

 


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