Silencio y soledad

Ruido, música a todas horas, móviles, redes sociales, noticias, mensajes, información, chistes, vídeos. ¿Y qué se saca de ahí? Confusión, desubicación.

Hay dos tipos de soledad, la voluntaria y la involuntaria. Ambas nos hacen fuertes, pero esta duele y aquella no. Hablo ahora de la soledad buscada. En un mundo que no para, que no descansa, parece que hay que estar en todo: enterarse del último chisme, estar al tanto de la última serie, no perderse un programa de televisión, y seguir hasta el último caprichito de cada influencer. ¿Y para qué? ¿Qué ganamos?, como mucho un dolor de cabeza y una estúpida necesidad de emulación. A parte de la desazón de no poder estar en todo ni tenerlo todo. Pues mira tú qué negocio.

Este verano decidí eliminar todas mis redes sociales, no solo las apps del móvil, sino borrar las cuentas, así, sin anestesia. Y qué tranquilidad. (Luego recuperé twitter, que para mi es la red social, la única pensada para el encuentro con los demás). No veo la tele, me da dolor de cabeza y me cabrea su banalidad. Únicamente cuando llego a casa reventado y sin ganas de nada, que entonces me pongo Discovery Max, que siempre tiene algo interesante que ofrecer.

Pero es que cuando uno se disciplina en dejar el móvil a un lado, solo para llamadas y whatsapps, el mundo se ve de otra manera. Se aprende a gozar de la belleza que nos rodea, la belleza en el paisaje o en la arquitectura urbana, en sentido amplio. La belleza en cada persona que pasa por la calle. Recomiendo vívamente el café contemplativo. Al final uno se acaba encontrando consigo mismo, a base de neutralizar ruidos y distracciones. Y empieza a contemplarse a sí mismo con honestidad. Mira a tu alrededor, la gente va como pollo sin cabeza: con los auriculares permanentemente conectados, que ya son una parte más de la oreja; el móvil siempre encima, a poco que tengan un hueco en blanco cogen el móvil. Estoy en clase (siempre me siento en las últimas filas) y la panorámica se compone de timelines de diversas RRSS, la página de Ryanair saturada de tanto mirar y remirar billetes, las tiendas online de Inditex… De todo, menos estar a lo que se está. Ese es el tema, estamos en todo menos en lo que estamos; y por tanto no estamos en nada. Todos ilustres universitarios, pero si en una de esas tardes oscuras y de lluvia, típicas de Compostela, dices que te sientes un poco como doña Ana Ozores te mirarán como un bicho raro y, por supuesto, no tendrán ni la más remota idea de lo que hablas. La peña no lee ni a tiros. Cierto es que la lectura no es silencio autoreflexivo, pero es su prólogo; y la leña de la que se alimenta, en parte, la hoguera de la autoreflexión.

Últimamente pienso mucho en lo difícil que es mantener una conversación un poco elevada con alguien. Al final, siempre se acaba hablando de las penas de cada uno o discutiendo de los últimos sucesos de actualidad. ¿Por qué es tan complicado lograr una conversación que nos aporte realmente, que nos enriquezca? Quizá por que estamos llenos de ruido, de banalidades. Todo es superficialidad insustancial. Se pierde la individualidad en favor de la masa informe y anónima de la sociedad.

Silencio, soledad y contemplación, son tópicos clásicos, no deja de ser la enésima reinterpretación del beatus ille. Y sin embargo, nunca han sido tan urgentes como ahora. En una sociedad tan arrogante y que se cree el culmen de la civilización, que se autoproclama avanzada, cada día lo tengo más claro: los antiguos eran en casi todo muchísimo más inteligentes que nosotros (salvo en derechos sociales, lo eran en absolutamente todo lo demás). No tendrían ni la ciencia ni la técnica que hoy tenemos, pero tenían algo mucho más valioso: la sabiduría. Eran más humanos, pues sabían cultivar la reflexión, de modo que cuando se juntaban unos con otros tenían algo que aportar.

Porque en el fondo, si lo pensamos fríamente, ¿de qué te sirve tenerlo todo a tu alcance si no te tienes a tí mismo, si no le encuentras un sentido a la vida? Hoy queremos tenerlo todo, gratis y al instante, y encima tenemos la arrogancia de considerarlo casi como un derecho. Pero, ¿con qué fin? Nada más que por el gusto de los sentidos. Es la pescadilla que se muerde la cola, si la vida no tiene un sentido, nos entregamos sin medida a todos los placeres sensibles para silenciar la molesta voz interior que, ya afónica, insiste en gritar que estamos vacíos. Y en el fondo la vida es mucho más sencilla, consiste en amar y ser amado. Pero claro, hemos confundido amor con posesión y uso, una vez más, la tiranía de los sentidos que exigen su dosis de placer.

¡Silencio! Apágalo todo, di no a la banalidad y… ¡Vive! En mis ratos de silencio, de soledad, me he dado cuenta de que la vida es algo maravilloso y nos lo estamos perdiendo. Maravillosa con sus contrariedades y no a pesar de ellas. Me he dado cuenta del enorme valor de la amistad, porque el ser humano es, ante todo, un ser social. La soledad es un veneno, necesitamos a los demás. Pero es precisamente por los momentos de soledad que podemos encontrarnos con el otro. Cuando nos hemos contemplado a nosotros mismos con honestidad, entonces estamos en disposición de conectar con los demás, de ver a la persona, con toda su dignidad, en vez de un objeto de consumo (eso es lo que somos, una “sociedad de consumo”, pues qué asco). Entonces se comprende el famoso mandamiento, “amar al prógimo como a ti mismo“.

De un tiempo a esta parte, he comenzado a llevar un diario. No escribo todos los días, pero intento no dejarlo y lo consigo sin demasiada dificultad. Porque escribir ayuda a poner nombre a las cosas, a objetivar los problemas y dilucidar qué es lo que nos pasa. Es una forma de enfrentarse a uno mismo con honestidad. Y ayuda en la tarea de conocerse. Esa era la famosa inscripción en el oráculo de Delfos: ΓΝΩΘΙ ΣΑΥΤΟΝ, “conócete a ti mismo”. No eran tontos los antiguos.

Necesitamos el silencio, la reflexión, como agua de mayo. Necesitamos recuperar la cordura. En el fondo, recuperar nuestra humanidad. Antes de que este capitalismo desaforado acabe manifestándose como el verdadero dementor. El silencio es el mejor regalo que le podemos entregar a la nueva generación, hija del ruido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s