Adeu València

Supongo que saber cerrar etapas es un síntoma de madurez. Sí, estoy a un día de volver a mi tierra, Galicia, pero antes de poner rumbo al punto de destino siempre están las interminables despedidas.

Llegué a esta ciudad hace ya dos años, aún recuerdo la primera vez que pisé Valencia, fue un 21 de julio (admito que me acuerdo de la fecha porque es el cumpleaños de mi padre) y el golpe de calor al bajar del AVE y salir de la estación de Joaquín Sorolla fue acojonante: uno de esos días de calor estresante que tanto conocen quienes viven o han vivido en el Mediterráneo. Fue para hacer la matrícula de la universidad, así que también se mezclaba la ilusión de convertirse en universitario, la impresión de verse en un aula inmensa con otras noventa personas, mientras un catedrático habla desde su tarima. Pero ese no es el tema del que estamos hablando. Luego, en septiembre, puse en práctica una de las teorías más acertadas para conocer una ciudad: prender fuego al mapa y perderte por las calles, siempre funciona; no vas a los típicos sitios a los que van los típicos guiris, simplemente te dejas sorprender. Aunque es verdad que cuando vives allí juegas con ventaja, te mezclas con la gente del lugar, ellos te enseñan muchos de los secretos que esconde y además los conoces a ellos. Y ahí va la segunda teoría: no conoces de verdad un sitio mientras no conoces a sus habitantes.

¿Pero qué es esta ciudad? Bueno, objetivamente no se la puede definir, así que hablaré de mi experiencia. Antes de conocerla me pasaba lo que supongo que le pasa a mucha gente: para mi Valencia era pólvora, petardos, pirotecnia; a parte de ser la tercera ciudad de España, pero los datos económicos y el número de habitantes no dicen absolutamente nada. Nos quedamos con les Falles. Siempre había tenido ganas de venir a Valencia en Falles, aunque por supuesto nunca hubiera pensado vivir en ella. Era como las inmensas ganas que tengo de estar en Sevilla en Semana Santa; mutatis mutandis, claro. Vivir en ella solo fue una casualidad que supe aprovechar. Una casualidad que se convirtió en toda una experiencia.

Si hay una ciudad en España se distinga por los contrastes, esa es Valencia: una ciudad en la que detrás de una plaza muy hermosa y bastante cara hay un barrio más bien humilde, así pasa con la plaça del Ajuntament y Ciutat Vella. También es una ciudad que siempre está de juerga: cualquier día, a cualquier hora y por cualquier extraño motivo te puedes encontrar una mascletà en la plaza del Ayuntamiento (exagero, por supuesto), ya sea el ascenso del Levante o una mascletà que en Falles se quedó sin disparar debido a la lluvia. Y charangas, eso es el pan de cada día en esta ciudad. Pero os creéis prejuicios, no olvidemos que es la tercera ciudad de España y sede de grandes empresas: en esta ciudad se trabaja. Lo del tema empresarial es una enfermedad crónica de los valencianos, el negoci es el negoci, supongo que en eso se parecen a los catalanes (aunque esto de verles parecidos con los vecinos del norte no lo puedan soportar). Bueno, estábamos hablando de contrates, ¿no?, así que, como se dice en mi tierra, éche o que hai.

Otro tema es el de la luz. ¿Quien no ha oído hablar nunca de “la luz del Mediterráneo”? Pues todo lo que hayáis oído es verdad, hay una luz especial. Todas las ciudades costeras del mundo tienen una luz especial, es el mar, pero cada mar tiene su toque concreto, en el Atlántico es el azul muy tenue, casi gris, la gama de grises, las luces blancas; en el Mediterráneo es el azul, un azul intenso: aquí el cielo es azul, como esa franja en la parte alta de los dibujos de nuestra infancia, así de azul. Una cosa que me gusta mucho es el contraste de ese cielo tan azul con las casas blancas, lo que se puede ver en casi cualquier pueblo de la Comunitat Valenciana, no así en la ciudad.

En fin, las fiestas. Hay cuatro fiestas fundamentales: 1. Falles, 2. La Mare de Déu dels Desamparats, 3. Nou d’Octubre y 4. Corpus Christi. Trataré brevemente de ellas. Dice el refrán que “tres jueves hay en el año que relucen más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”: en Valencia no. Es mi opinión personal y tengo todo el derecho a estar equivocado, pero el Corpus en Valencia me parece horroroso: la larga fila de disfraces y ninots que tratan de representar escenas del Antiguo Testamento y alegorías de la Eucaristía no me gustan nada, la verdad prefiero a los santos bailando delante del Santísimo. Aunque es verdad que la custodia es preciosa, las más grande de España (sí, es más grande que la custodia de arfe de Toledo), hecha con joyas donadas por las mujeres valencianas tras la guerra civil, en que fue fundida la anterior. En cuanto al Nou d’Octubre, es la fiesta nacional valenciana, recordando la entrada del rey Jaume I en Valencia en 1238, incorporándola a la cristiandad y fundando el Regne de València. La protagonista indiscutible de este día en la Senyera. El desfile de moros y cristianos es algo que hay que ver en directo. De la fiesta de la Virgen no puedo decir nada, pues por pereza o por despiste nunca he estado. Y pasamos a lo importante: Falles. Aunque parezca increíble, he conocido gente que no sabe cuándo son, así que empezaré por ahí. Son fiestas en honor del Santo Patriarca el Señor San José, así que obviamente son el 19 de marzo. Todo empieza con la cridà —que se puede traducir por algo así como “la llamada a las Fallas”—, es el acto en que Rita Barberá, que en paz descanse, cometió la gran cagada, el caloret faller (en valenciano se dice “calor”, simple y llanamente). A partir de ahí comienzan las mascletaes de las 2 de la tarde en la plaza del Ayuntamiento, las prisas al salir de clase para no perdersela, la espera bajo el sol abrasador y los gitanos vendiendo cerveza fría a un euro, los cinco minutos de catarsis y las prisas en medio de la marea humana para llegar a comer mientras escuchas —y cantas a voz en grito— el mítico València en Falles, performed by “Bajoqueta Rock”. Y llega la plantà, el 15, si no me equivoco, las visitas a las fallas, al menos a las de sección especial (Cuba-Literato Azorín; Convento Jerusalén-Matemático Marzal; L’Antiga de Campanar; Exposición-Micer Mascó; Plaza del Pilar; Almirante Cadarso-Conde Altea; Regne de València-Duc de Calàbria; Sueca-Literato Azorín; Malvarrosa-Antonio Ponz Cavite; Na Jordana y Federico Mistral-Murta). Y la ofrenda a la Mare de Déu con las lágrimas de las falleras. No es exactamente una ofrenda floral, aunque se lleven flores, con las que por cierto se construye el manto de la Virgen, sino que se ofrece en el trabajo de todo el año en la falla. La nit del foc, el mejor castillo que he visto en mi puñetera vida y llega por fin la cremà, ofrecemos el trabajo de un año en perfecto holocausto, previo indulto a algunos ninots que componen la falla, eso sí. En fin, creo que es la mejor fiesta de España y me alegro muchísimo que la UNESCO las haya declarado patrimonio inmaterial de la humanidad. Creo que voy a echar de menos el “Senyor pirotécnic, pot començar la mascletà” de la fallera mayor.

Y con esto es suficiente, me quedo con momentos increíbles y personas maravillosas que he conocido en esta ciudad, pero de eso no tengo por qué hablaros, no os interesa. Valencia, he sido muy feliz aquí, pero toca decir adiós.

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